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miércoles, 4 de febrero de 2015

Alimentación y reproducción


  Una de cada cinco parejas es infértil, lo que sumado a la crisis económica, el mito de la conciliación familio-laboral y el creciente envejecimiento de los progenitores, justifican que la tasa de fertilidad española (1.3 hijos por mujer) sea la segunda más baja de Europa y esté en el grupo de cola a nivel mundial. Tenemos los hijos cada vez más tarde, con lo que desciende la calidad y número de óvulos y espermatozoides. Muchas parejas, y cada vez más mujeres solteras, buscan solución en centros de fertilidad públicos, privados o concertados. En nuestro país se realizan unos 80.000 tratamientos para la fertilidad al año, con una media de coste de 5.000 euros por procedimiento dan una idea del gasto y el negocio generado.

  La infertilidad de una pareja puede tener uno o varios orígenes, aunque en un 20% no llega a conocerse con los procedimientos diagnósticos actuales. Factores ambientales y/o enfermedades intrínsecas de cada individuo acaban produciendo la imposibilidad para tener descendencia de forma natural y espontánea. A continuación veremos la importancia que tiene la alimentación en la fertilidad y qué podemos hacer para mejorarla.

  En los años 90 se acuñó el término disruptores endocrinos para referirse a diversas sustancias, normalmente artificiales generadas en procesos industriales, que interaccionan con nuestro sistema hormonal produciendo infertilidad entre otros serios trastornos, especialmente en varones. Pequeñas cantidades parecen inocuas pero la suma continua de exposiciones diarias de productos que no se eliminan nunca o que se tardan años en expulsar acaban generando exposiciones superiores a los rangos de seguridad. Los disruptores con mayor efecto negativo sobre la fertilidad son:
- antiandrógenos (actúan directamente en contra de las hormonas masculinas): Vinclozolin, DDE, ftalatos.
- agonistas estrogénicos (simulan el efecto de hormonas femeninas): fitoestrógenos, micoestrógenos, DDT y otros pesticidas, bisfenol A.
  Estamos expuestos diariamente a los anteriores a través de multitud de plásticos, envases de plástico, film adherente de plástico, tuppers, botellas, latas de bebidas y alimentos, carburantes, líquido anticongelante, telas y maderas tratadas con retardantes de combustión, pesticidas, abonos químicos, cosméticos, etc. Se trata de diversas sustancias que están en nuestra comida (por ejemplo ver listado del top-10 de verduras y frutas contaminadas), en contacto con ella o que manipulamos a diario pudiendo acabar peligrosamente cerca de nuestra boca.
  Mención especial se gana el bisfenol A (BPA), un producto ampliamente utilizado para fabricar plásticos, botellas de plástico, biberones, tetinas, chupetes, latas de bebida y comida, etc. (todos los códigos de reciclado 3 ó 7 pueden llevar BPA). El bisfenol reduce las cifras de testosterona, la hormona masculina por excelencia, y la calidad del esperma. Una persona infertil por exposición ambiental o alimentaria a disruptores endocrinos no solucionará esta situación evitando el contacto con ellos, ya es demasiado tarde pues como hemos visto o no se eliminan o tardan muchos años en hacerlo.
  Muchas de estas sustancias están relacionadas con el desarrollo de obesidad, y ésta se sabe que es una de las grandes causas de infertilidad, sobre todo en mujeres. El exceso de peso produce a través de un complejo mecanismo, que incluye la resistencia a la insulina y la poliquistosis ovárica, alteraciones en los ciclos menstruales de las mujeres y un descenso o ausencia de ovulaciones efectivas. Por otro lado, las terapias de fertilidad son menos eficaces en mujeres con sobrepeso u obesidad, que además tienen mayor riesgo de abortos. En hombres, el exceso de peso disminuye la calidad del esperma, pues la grasa corporal transforma la testosterona en estrógenos mediante un proceso de aromatización, a más obesidad mayor actividad aromatasa, y por lo tanto menos testosterona y mas estrógenos. La actual epidemia de obesidad es uno de los factores más relacionados con el incremento de la infertilidad en los paises occidentales.

  El consumo crónico y elevado de alcohol produce alteraciones hormonales en ambos sexos que dificultan la concepción. La ingesta diaria moderada o alta de alcohol en mujeres o alto en varones se relaciona con mayor infertilidad. Un consumo moderado de alcohol equivale a tomar entre 3 y 13 bebidas a la semana, y uno elevado a si se toman 14 o más por semana (una media de 2 o más al día). Además, los tratamientos de fertilidad resultan menos eficaces en aquellas parejas que realizan un consumo moderado o elevado de alcohol. Por otro lado, no hay que olvidar que las bebidas alcohólicas son bastante calóricas y su toma diaria se relaciona con el desarrollo de obesidad.


  No solo la malnutrición por exceso genera infertilidad como acabamos de ver, la desnutrición y ciertos déficits carenciales específicos se asocian también a menor fertilidad. Es conocido que determinados micronutrientes participan en el proceso de producción de ovulos y espermatozoides. Diferentes estudios muestran la mejora de la fertilidad en mujeres mediante el incremento de la ingesta de vitaminas (A, B9, C, D, E) y minerales (hierro). En hombres ocurre algo parecido, la suplementación con vitaminas (B6, B9, C, D) y minerales (yodo, hierro, selenio, zinc) mejora los resultados de los tratamientos de fertilidad. 
Eso quiere decir que asegurar una toma suficiente de estos micronutrientes mejorará la fertilidad en aquellos individuos que tengan un déficit de alguno o varios de ellos. La forma más natural, barata y sana de hacerlo será a través de la modificación de la alimentación (ver post de hierro o vitamina D). Una dieta variada y equilibrada es completa en los micronutrientes vistos, esto es muy importante teniendo en cuenta que el coste mensual de los suplementos específicos de fertilidad ronda la mitad del gasto mensual medio en comida por persona, y vender las vitaminas y minerales que naturalmente trae la comida a precio de oro en unas pastillas es un gran negocio. Los suplementos con estos compuestos tendrán utilidad en aquellas personas que no solucionan el déficit a través de las comidas o con situaciones graves que no puedan esperar unos meses. Por muchos suplementos que se tomen, no mejorará la fertilidad si se tienen niveles normales de estas vitaminas o minerales. Antes de iniciar un tratamiento de este tipo se deberían conocer los valores en sangre de estas sustancias, es bueno solucionar un defecto pero es perjudicial superar unas cifras normales.

  Junto a los micronutrientes, diversos estudios han relacionado la composición en macronutrientes (hidratos de carbono, ptroteínas y lípidos) con la tasa de fertilidad. Tradicionalmente las dietas bajas en proteínas y ricas en carbohidratos eran recomendadas a mujeres con deseo gestacional para facilitar conseguir descendencia. En los últimos años diferentes estudios sugieren lo contrario, que dietas hiperproteicas y con bajo índice glucemico mejoran los resultados de los tratamientos de fertilidad, la controversia está servida y seguramente veamos aparecer y desaparecer recomendaciones en función de la dieta de moda. El debate ha salpicado hasta la composición en ácidos grasos, determinados trabajos exponen mayores tasas de fertilidad con dietas ricas en omega 3. Lo que sí está claro es que no existe relación entre la ingesta de determinados alimentos y el sexo del futuro hijo. Por muchos alimentos con forma fálica que ingiera su descendencia no será con mayor probabilidad un varón, así como tampoco si toma alimentos ácidos o alcalinos, esto es un cuento digno de otros tiempos.

  El que uno o ambos los progenitores hagan más o menos ejercicio físico no se relaciona con el futuro sexo de los hijos. Aunque sí que la realización de actividad física regular mejora la fertilidad, especiamente en parejas pendientes de tratamientos para ésto y con problemas por exceso de peso. Tan solo media hora diaria de un ejercicio físico de intensidad moderada mejora los resultados de los tratamientos de fertilidad. 

Algo tan simple como llevar unos hábitos de vida saludables, comer fruta y verdura a diario junto a otros productos frescos, evitar el sedentarismo y hacer deporte (si es posible al aire libre para recibir los rayos directos del sol) o no fumar, pueden marcar la diferencia a la hora de conseguir mayor fertilidad o que un tratamiento para ésto tenga éxito. Mantener un peso dentro de la normalidad como consecuencia de unos hábitos saludables mejorará aún más sus posibilidades de tener hijos. 

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viernes, 28 de marzo de 2014

El vino: consumo y salud.


  El vino fue incorporado al embudo nutricional humano hace unos 15000 años. Pero los primeros vinos producidos en el Neolítico, tras el surgimiento de la agricultura y la cerámica, poco tienen que ver en sus características a lo que entendemos por vino hoy en día. Los lugares de producción, los métodos, las viñas y variedades de uva, el envasado y distribución, todo ha cambiado aunque siga siendo una bebida alcohólica obtenida por fermentación del zumo de la uva.
   Como otras bebidas alcohólicas se le atribuyeron desde la antigüedad efectos mágicos. Su consumo daba poderes para comunicarse con otros planos, inducía al trance, generaba visiones, facilitaba posesiones, simbolizaba materializaciones divinas, etc. Fuera de este consumo mágico-religioso, fue durante milenios una bebida que solo podían permitirse unos pocos, aunque paulatinamente su consumo se popularizó, abaratándose el coste.
  Está ampliamente documentado que durante el segundo milenio a.C. los egipcios ya tenían muy desarrollada la viticultura. Esta tecnología era dominada ampliamente por los pueblos mediterráneos, como los cartagineses que producían el passum a partir de las uvas secas del vino. 
  Los griegos clásicos también le dieron al beber vino un carácter religioso intrínseco. Así, el vino se tomaba al terminar la comida, en una ceremonia independiente denominada Symposion, en la que se ponían en comunicación con Dionisio, mediante el consumo de vino mezclado con agua desde una cratera común central en los momentos de ocio.
  Los romanos desatribuyeron este componente místico a la bebida, equiparándola al resto, con lo que el vino se podía beber también con las comidas. Mantuvieron la tradición de tomarlo aguado, lo que los diferenciaba en la mesa, entre otras cosas, del mundo bárbaro incivilizado. El vino era aromatizado y saborizado con plantas, flores y especias, pudiendo ser consumido en domicilios, banquetes, tabernas y popinas.
  Durante la Edad Media, el vino gana la imagen de bebida fortalecedora gracias a la religión Católica y al simbolismo vino-sangre. La liturgia cristiana sacralizó la tríada pan, vino y aceite, hasta convertirlos en los alimentos de moda. Hasta el punto que el vino pasó a ser consumido masivamente como un alimento más de la dieta diaria. El consumo medio anual de vino oscilaba alrededor de los 200-250 litros, frente a los actuales 20 litros. Aunque el vino tenía unos 5 o 6 grados de alcohol y se seguía sirviendo cortado con agua.
  Hasta el siglo XVIII el vino tinto era recomendado a los trabajadores manuales, mientras que el blanco lo era para la "gente de reposo" que no precisaban de esa energía para sus actividades diarias. Este tipo de recomendaciones heredadas de la medicina galénica fueron desapareciendo durante los siglos XVIII y XIX conforme avanzaban los conocimientos científicos, surgía la Nutrición moderna, el "buen gusto" y las transgresiones dietéticas se ponían de moda.
  La ultima gran revolución vinícola ocurrió en Francia en el siglo XIX, cuando los productores se empezaron a preocupar por generar vinos de calidad para incrementar el beneficio del negocio y la producción de vino se industrializó. Esta tendencia se ha ido expandiendo desde entonces al resto del mundo. Así, cada vez se bebe vino de "mayor calidad" coincidiendo con una reducción progresiva en su consumo anual. Esta tendencia a la baja se mantiene en la población menor de 25 años, aunque cada vez ingiere más alcohol, a edades más tempranas, y en atracones etílicos durante los fines de semana.

   De esta forma, en el vino coexiste la dualidad droga-alimento, exclusivo de pocas bebidas alcohólicas y algunos alimentos sólidos. Esto explica que pueda generar enfermedades o beneficios para la salud, en función de las características del individuo que lo tome y de la cantidad. El vino produce enfermedades, entre las más importantes: es un medio para la adicción alcohólica, produce graves alteraciones en el hígado como hepatitis y cirrosis, úlceras intestinales y eleva las grasas de la sangre. Sin embargo, en pequeñas cantidades diarias es beneficioso al reducir el riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares por sus efectos vasodilatadores y antioxidantes.
  El vino es un alimento calórico, cada copa de vino aporta unas 125 Kcal, casi la misma energía que un tercio de cerveza (150 Kcal), por lo que su consumo diario moderado puede significar un 10% de las necesidades calóricas de un adulto (2 copas de vino para la ingesta energética media española). Por esto se recomienda que las personas con exceso de peso no tomen vino ni otras bebidas alcohólicas. El concepto de calorías vacías, aportadas por alimentos sin poder nutricional salvo el calórico, no debe aplicarse al vino pues es un alimento donde la energía proviene del alcohol y carbohidratos, y que como hemos visto ha sido base históricamente de la pirámide nutricional.
  Por lo tanto, el vino ha sido un alimento básico en la tradición gastronómica occidental y especialmente en la mediterránea, y puede producir salud o enfermedad según quién lo tome, con qué frecuencia y en qué cantidad. Recuerde, no hay alimentos buenos ni malos.